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Qué estamos alimentando con nuestra manera de pensar.

Gus Comesaña

No existen pensamientos sin consecuencias. Cada pensamiento que sostenemos participa, de alguna manera, en la forma en que interpretamos la realidad, nos relacionamos con los demás y nos posicionamos frente a la vida. Muchas veces creemos que aquello que pasa por nuestra mente carece de importancia, que una idea fugaz, una sospecha o un temor pasajero no pueden influir demasiado en nosotros. Sin embargo, lo que pensamos repetidamente termina condicionando lo que sentimos, las decisiones que tomamos y hasta las posibilidades que somos capaces de reconocer. Un mismo hecho puede convertirse en una amenaza o en una oportunidad dependiendo de la interpretación que construimos sobre él. Por eso, aprender a observar nuestros pensamientos no significa creer que todo lo que pensamos es verdad, sino comprender que no todo lo que aparece en nuestra mente merece convertirse en una certeza. Hay pensamientos que nos acercan a la comprensión, al amor y a la serenidad; otros alimentan el miedo, la desconfianza y el sufrimiento, incluso cuando todavía no existe una realidad que los justifique. El problema no es que una idea dolorosa aparezca, sino que la aceptemos sin examinarla y comencemos a vivir como si fuera una verdad indiscutible. Cuando no cuestionamos nuestros pensamientos, podemos terminar defendiendo temores que nunca se confirmaron, alejándonos de personas que no nos hicieron daño o renunciando a posibilidades que ni siquiera nos permitimos explorar.

Una reflexión para detenernos:

Por eso, una parte fundamental del trabajo interior consiste en reconocer qué estamos alimentando con nuestra manera de pensar. No podemos impedir que toda idea aparezca, pero sí podemos aprender a no obedecerlas a todas, a distinguir los hechos de nuestras interpretaciones y a elegir qué pensamientos merecen nuestra atención. Allí comienza una forma diferente de relacionarnos con nosotros mismos: dejamos de ser prisioneros de cada historia que construye la mente y empezamos a recuperar la libertad de responder desde un lugar más sereno y verdadero. Tal vez no podamos elegir siempre lo primero que pensamos, pero podemos aprender a decidir qué hacemos con ello. Y en esa elección, que muchas veces parece pequeña, puede comenzar una transformación profunda de nuestra manera de vivir.

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