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Cuando el resentimiento nos impide ver

Gus Comesaña

A veces, el resentimiento no solo nos mantiene atados a lo que alguien nos hizo, sino que también condiciona nuestra capacidad de ver más allá de ese daño. Cuando una persona nos lastima, corremos el riesgo de reducir toda su existencia a aquello que hizo, como si su error fuera la única verdad que podemos reconocer en ella. Así, dejamos de mirar a la persona y comenzamos a mirar nuestra herida. Esto no significa justificar lo sucedido, olvidar el dolor ni regresar a vínculos que nos hacen daño. Significa comprender que una cosa es reconocer lo que alguien hizo y otra muy distinta es permitir que esa experiencia determine para siempre nuestra manera de mirar la vida. A veces seguimos esperando una disculpa, una explicación o un cambio que nunca llega, sin advertir que nuestra tranquilidad ha quedado condicionada a una respuesta ajena. Y mientras esperamos que el otro repare el pasado, continuamos reviviéndolo dentro de nosotros. Quizá el perdón comience cuando comprendemos que no necesitamos negar lo sucedido para dejar de vivir atrapados en ello.

Una reflexión para detenernos:

Desde la fe, podemos aprender a mirar al ser humano más allá de sus errores, sin renunciar al discernimiento ni a las decisiones que nos protegen. Tal vez el milagro no consista en que el otro cambie, sino en que nosotros recuperemos la libertad de no seguir mirando el mundo desde aquello que nos hirió. Porque cuando el resentimiento deja de ocupar toda nuestra mirada, comenzamos a descubrir que la vida todavía contiene algo más que nuestro dolor. A veces, ser libres no significa olvidar lo que nos hicieron, sino dejar de permitir que aquello que nos hicieron siga decidiendo cómo vivimos.

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